El regadío es el mayor usuario de agua en España y, ante un escenario de creciente presión sobre este recurso, la pregunta resulta inevitable: ¿puede la digitalización ayudar a gestionar el riego de forma más eficiente? Esta fue la cuestión que vertebró la ponencia de Orange Empresas e Iriego, donde tecnología, experiencia y sentido común se encontraron para abordar el futuro del campo.
Para Orange, la conectividad constituye el punto de partida. Los sensores instalados en el campo generan una enorme cantidad de información, pero esos datos necesitan llegar a las plataformas, la nube y, finalmente, a los sistemas de inteligencia artificial capaces de analizarlos. La compañía presentó así su papel como motor de la digitalización del ciclo del agua: proporcionar la infraestructura que permite conectar dispositivos, transportar datos y convertirlos en información útil.

Fuente: iAgua
Pero antes de hablar de inteligencia artificial, la ponencia invitó a mirar hacia atrás. La azada, presentada como uno de los productos más revolucionarios de la historia de la agricultura, sirvió para recordar que toda innovación parte de una necesidad concreta. El campo tampoco empieza ahora su transformación digital. «El campo lleva años siendo smart»: durante décadas, empresas y agricultores han incorporado tecnología, sensores, telecontrol y sistemas de comunicación para conocer qué ocurre en sus cultivos y gestionar el agua con mayor precisión. La evolución de las comunicaciones —del 2G a las tecnologías actuales— forma parte de ese recorrido.
En este contexto, la inteligencia artificial aparece como un nuevo salto tecnológico, pero no como una solución que deba aplicarse de manera automática. La ponencia puso sobre la mesa un ejemplo revelador: si la IA recomienda no regar porque se esperan lluvias, su decisión puede parecer lógica; sin embargo, si el agua destinada al cultivo tarda 48 horas en llegar, esa recomendación puede no tener sentido. El problema no está en los datos, sino en la falta de comprensión del contexto.
Por eso, la IA debe ayudar a decidir, no sustituir el conocimiento acumulado en el campo. Su valor reside en interpretar grandes cantidades de información, detectar patrones y ofrecer recomendaciones que permitan anticiparse. El objetivo no es volver a medir aquello que ya se conoce, sino utilizar la tecnología para extraer de esos datos nuevas posibilidades de gestión.
Y en esa gestión aparece otra idea fundamental: regar menos no significa necesariamente ahorrar agua. En agricultura, reducir el volumen utilizado puede traducirse también en una menor producción. La eficiencia no consiste simplemente en cerrar una válvula, sino en encontrar el equilibrio adecuado entre agua, energía y rendimiento.
La conclusión de la ponencia apuntó, por tanto, hacia una inteligencia artificial entendida como herramienta de predicción y anticipación. El campo ya dispone de datos, experiencia y tecnología; el siguiente paso consiste en hacer que todo ese conocimiento trabaje conjuntamente. La verdadera revolución no será que la IA decida por el agricultor, sino que le permita ver antes lo que está por venir y tomar mejores decisiones.
El futuro del agua también se cultiva
En el marco del iAgua Summit 2026, la ponencia «Orange e Irrigo: Tecnología para un regadío más eficiente» puso sobre la mesa cómo la digitalización puede convertirse en una herramienta fundamental para afrontar uno de los grandes retos del sector agrícola: utilizar el agua de manera más eficiente sin comprometer la producción. Héctor Martín, de Orange, y Paco Fernández, de Irrigo, fueron los encargados de mostrar cómo la conectividad, los sensores y la inteligencia artificial pueden acercar la tecnología al campo y ayudar a tomar decisiones más precisas.
La ponencia comenzó destacando la importancia de contar con una conectividad adecuada en las zonas rurales. La evolución de las redes móviles y tecnologías como NB-IoT y LTE-M permiten conectar dispositivos y sensores capaces de recoger información directamente de las explotaciones agrícolas. Sin embargo, disponer de datos no es suficiente. El verdadero desafío consiste en transformar toda esa información en conocimiento útil para quienes tienen que decidir cuándo y cuánto regar.
En este punto, la inteligencia artificial adquiere un papel relevante. Durante la intervención se explicó que no se trata únicamente de conocer las condiciones actuales, sino de poder anticiparse a lo que va a ocurrir. La información meteorológica, por ejemplo, puede ayudar a determinar si es necesario regar un cultivo cuando se prevé lluvia en los próximos días. De esta manera, las decisiones dejan de basarse únicamente en estimaciones y pueden apoyarse en datos concretos y actualizados.
La tecnología, no obstante, no pretende sustituir la experiencia de los agricultores. Al contrario, se planteó como una herramienta para complementar sus conocimientos y facilitar la gestión de unas explotaciones que presentan necesidades diferentes. Cada comunidad de regantes y cada cultivo tienen sus propias características, por lo que la digitalización debe adaptarse a las circunstancias de cada territorio.
Otro de los aspectos destacados fue la necesidad de que estas soluciones lleguen realmente al medio rural. La conectividad y la innovación tecnológica solo pueden contribuir a mejorar el uso del agua si están disponibles allí donde se desarrolla la actividad agrícola. En este sentido, la digitalización puede abrir también nuevas oportunidades para unas zonas que necesitan incorporar innovación sin perder su conocimiento y experiencia tradicionales.
La ponencia dejó así una idea que resume buena parte del debate: gastar menos agua no significa simplemente ahorrar, sino conseguir que cada gota utilizada tenga un propósito. En un escenario en el que la gestión de los recursos hídricos resulta cada vez más importante, combinar la experiencia del campo con los datos y la tecnología puede ser una de las vías para avanzar hacia un regadío más preciso, eficiente y adaptado a las necesidades reales de los cultivos.
Julia Celis Sánchez